Autora: Marguerite Yourcenar

alexis

 

Esta carta, amiga mía, será muy larga. He leído con frecuencia que las palabras traicionan al pensamiento, pero me parece que las palabras escritas lo traicionan todavía más. Ya sabes lo que queda de un texto después de dos traducciones sucesivas. Y además, no sé cómo arreglármelas. Escribir es una elección perpetua entre mil expresiones de las que ninguna me satisface y, sobre todo, no me satisface sin las demás. Yo debería saber, sin embargo, que sólo la música permite la coordinación de los acordes, Una carta, incluso la más larga, nos obliga a simplificar lo que no debieras simplificarse: ¡nos expresamos siempre con tan poca claridad cuando tratamos de hacerlo de una forma completa! Yo quisiera hacer aquí un esfuerzo, no sólo de sinceridad, sino también de exactitud; estas páginas contendrán muchas tachaduras: ya las contienen. Lo que yo te pido (lo único que puedo aún pedirte) es que no saltes ninguna de estas líneas que me habrán costado tanto. Si es difícil vivir, es aún mucho más penoso explicar nuestra vida.

Quizás hubiera hecho mejor en no marcharme sin decir nada, como si me diera vergüenza o como si tú hubieras comprendido. Debería habértelo explicado en voz baja, muy lentamente, en la intimidad de una habitación, en esa hora sin luz en que se ve tan poco que casi nos atrevemos a confesarlo todo. Pero te conozco, amiga mía. Eres muy buena. En un relato como éste hay algo lastimero que te hubiera podido inducir a enternecerte; por haberte compadecido de mí, creerías haberme comprendido. Te conozco. Hubieras querido ahorrarme lo que tiene de humillante una explicación tan larga; me hubieras interrumpido demasiado pronto y, a cada frase, yo hubiera tenido la debilidad de esperar que me interrumpieras. También tienes otra cualidad (un defecto, quizás) de la que hablaré más adelante y de la que no quiero abusar más. Soy demasiado culpable para contigo y tengo que obligarme a establecer una distancia entre tu compasión y yo.

No se trata de mi arte. No acostumbras a leer los periódicos, pero amigos comunes han debido informarte de lo que llaman «mis éxitos», lo que viene a decir que mucha gente me alaba sin haberme oído y otros sin comprenderme. No se trata de eso. Se trata de algo no en verdad más íntimo (¿puede haber algo más íntimo que mi obra?) pero que me parece más íntimo porque lo he mantenido escondido. Sobre todo, se trata de algo más miserable. Pero ya lo ves: vacilo.

Cada palabra que escribo me aleja un poco más de lo que yo quisiera expresar; esto prueba únicamente que me falta valor. También me falta sencillez. Siempre me ha faltado. Pero la vida tampoco es sencilla y no es mía la culpa. Lo único que me decide a continuar es la certeza de que no eres feliz. Nos hemos mentido tanto y hemos sufrido tanto con nuestras mentiras que no arriesgamos gran cosa tratando de encontrar la curación en la sinceridad.

Mi juventud, mi adolescencia más bien, fue absolutamente pura o lo que la gente conviene en llamar así. Sé que una afirmación semejante siempre se presta a sonrisas, porque prueba generalmente falta de clarividencia o falta de franqueza. Pero creo no equivocarme y estoy seguro de no mentir. Estoy seguro, Mónica. Yo era, a los dieciséis años, como tú deseas sin duda que sea Daniel a esa edad y déjame decirte que estás equivocada al desear una cosa así. Estoy persuadido de que es malo exponerse tan joven a tener que relegar toda la perfección de la que uno fue capaz entre los recuerdos de su más lejano pasado. El niño que yo fui, el niño de Woroïno, ya no existe, y toda nuestra existencia tiene por condición la infidelidad para con nosotros mismos. Es peligroso que nuestros mismos fantasmas sean precisamente los mejores, los más queridos, aquellos que más añoramos. Mi infancia está tan lejos de mí como la ansiedad de las vísperas de fiesta o como el entumecimiento de esas tardes demasiado largas en las que permanecemos sin hacer nada, pero deseando que ocurra algo. ¿Cómo puedo esperar recuperar aquella paz, si ni siquiera sabía darle un nombre? La he apartado de mí al darme cuenta de que no era todo mi «yo». Tengo que confesar en seguida que apenas estoy seguro de añorar esa ignorancia que llamamos paz.

¡Qué difícil es no ser injusto con uno mismo! Te decía antes que mi adolescencia había transcurrido sin turbaciones. Así lo creo. Me he inclinado con frecuencia sobre aquel pasado un poco pueril y tan triste. He tratado de recordar mis pensamientos, mis sensaciones, más íntimas que mis pensamientos y hasta mis sueños. Los he analizado para ver si descubría en ellos algún significado inquietante que se me hubiera escapado entonces y para estar seguro de no haber confundido la ignorancia del espíritu con la inocencia del corazón. Ya conoces los estanques de Woroïno: dice que parecen grandes pedazos de cielo gris caídos sobre la tierra, que se esforzarán por regresar en forma de niebla. De niño me daban miedo. Comprendía ya que todas las cosas tienen su secreto, los estanques como todo lo demás, que la paz, como el silencio, es sólo una superficie y que el peor de los engaños es el de la tranquilidad. Mi infancia, cuando la recuerdo, se me aparece como una idea de quietud al borde de una gran inquietud que sería después toda mi vida. Estoy pensando en algunas circunstancias, demasiado poco importantes para contarlas, en las que entonces no me fijé, pero en las que distingo ahora los primeros toques de alarma (estremecimientos de la carne y estremecimientos del corazón), como ese soplo de Dios del que hablan las Escrituras. Hay ciertos momentos de nuestra existencia en que somos, de manera inexplicable y casi aterradora, lo que llegaremos a ser más tarde. ¡Me parece, amiga mía, haber cambiado tan poco! El olor de la lluvia entrando por una ventana abierta, un bosque de álamos bajo la bruma, una música de Cimarose que las viejas señoras me hacían tocar porque, imagino, les recordaba su juventud, incluso una clase particular de silencio que no he encontrado más que en Woroïno, bastan para borrar tantos pensamientos, tantos acontecimientos y penas que me separan de la infancia. Casi podría admitir que el intervalo no ha durado ni una hora, que sólo se trata de uno de esos períodos de semisueño en los que yo caía con frecuencia en aquella época, durante los cuales la vida y yo no teníamos tiempo apara modificarnos mucho. Sólo tengo que cerrar los ojos: todo está exactamente igual que entonces. Me encuentro, como si nunca me hubiera dejado, con aquel muchacho tímido, muy dulce, que no creía tener que ser compadecido y que se me parece tanto que sospecho, injustamente quizás, que pudo parecérseme en todo.

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