Autora: Concepciòn Arenal

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“En los pueblos salvajes, la mujer, instrumento pasajero de placeres brutales, es horriblemente desdichada. Su feroz tirano la sacrifica y la abruma de trabajo y de dolor. Sin más ley que la fuerza ni más necesidades que groseros apetitos, oprime a la pobre esclava, que no haya misericordia, porque su verdugo no sabe lo que es amor, compasión ni justicia; tampoco sabe lo que es felicidad.
La vida del bárbaro ya no es tan dura ni tan rudo su entendimiento. Empieza a pensar, a sentir, a guarecerse de la intemperie; su mujer le parece hermosa y, aunque con un amor grosero, la ama.
El hombre se civiliza, se hace más sensible, más humano, más justo; se mejora. Entonces, hasta sus necesidades materiales deben satisfacerse de un modo menos material; quiere adornar su casa y su persona; quiere que la mujer sea bella, y para esto necesita pensar en que, al menos materialmente, no sufra, y cuida, en efecto, de que sus sufrimientos no disminuyan sus atractivos: este egoísmo está ya muy lejos del egoísmo salvaje, y prueba bien que el hombre es mejor a medida que es menos grosero. Cuando da un paso más; cuando su corazón empieza a tener necesidades; cuando observa que en aquel ser, donde al principio no había visto más que belleza material, hay tesoros de amor que pueden serlo de dicha para él, entonces el instinto se hace sentimiento, se purifica, se espiritualiza y el placer se convierte en felicidad. Pero, veleidoso, busca el bien en uniones pasajeras o, grosero todavía, se deja arrastrar muchas veces por sus instintos brutales. Entonces aparece una religión que diviniza la castidad, santifica el amor, bendice la unión de los dos sexos y hace del matrimonio un sacramento. La mujer pudo creerse doblemente redimida por el que murió en la cruz.
Elevada a compañera del hombre, quedó moralmente rehabilitada. El guerrero del Norte rompió lanzas por su belleza y por su virtud; su amor formó el caballero, hermosa creación que puso un freno a la fuerza, dio amparo a la debilidad y apoyó a la justicia. La virtud de la mujer fue una necesidad para la familia, y con su honra se identificó el honor del esposo y del padre.
Así ha vivido mucho tiempo elevada hasta el hombre por el corazón, considerada inferior a él porque era físicamente más débil, y la fuerza lo era todo en la sociedad. Pero la manera de ser de los pueblos cambia; empiezan a cultivarse las artes y las ciencias; al ejercicio de los músculos sucede el de las facultades intelectuales, y el mundo recibe leyes, no del que maneja con más bríos una lanza, sino del que discurre mejor. El hombre estudia, medita, sabe; y así como al principio de la civilización quiso adornar materialmente a la mujer para gozarse más en su hermosura física, ahora empieza a sentir un vacío, viendo que no puede asociarla a los altos goces de la inteligencia, y se ha preguntado: «¿La mujer podrá ser verdaderamente mi compañera? ¿Sus facultades intelectuales cultivadas podrán levantarse hasta las altas regiones del pensamiento? ¿Su razón podrá comprender la mía y auxiliarla?» A estas preguntas el hombre no ha respondido todavía; pero el problema se ha planteado y el tiempo despejará la incógnita

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