Autor: Robert James Waller

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Francesca

Mediados de otoño era la época del cumpleaños de Francesca, y la lluvia fría golpeaba contra su casa de madera en el campo, en las afueras de Iowa. Miraba llover, y a través de la lluvia veía las colinas que bordean Middle River, pensando en Richard. Richard había muerto un día así, ocho años atrás, de una enfermedad cuyo nombre Francesca prefería no recordar. Pero pensaba en él y en su tosca ternura, sus actitudes firmes, y la vida apacible que habían llevado. Habían llamado los chicos. Tampoco ese año podía llegar ninguno de ellos para su cumpleaños, aunque Francesca cumplía sesenta y siete.

Ella comprendía, como siempre había comprendido y siempre comprendería. Los dos estaban en la mitad de su vida profesional, muy atareados, dirigiendo un hospital, enseñando a sus alumnos, Michael iniciando su segundo matrimonio, Carolyn luchando con el primero. Secretamente Francesca se alegraba de que nunca la visitaran para su cumpleaños; tenía sus propias ceremonias que reservaba para ese día.

Por la mañana habían venido sus amigos desde Winterset con una torta de cumpleaños. Francesca hizo café, mientras hablaban de los nietos y de la ciudad, del día de Acción de Gracias y de qué regalarle para Navidad a cada uno. La tranquila alegría y altibajos de la conversación le recordaron una pequeña razón por la que se había quedado allí después de la muerte de Richard.

Michael se había instalado en Florida, Carolyn en Nueva Inglaterra. Pero Francesca se había quedado en Iowa Sur, su tierra, conservando su viejo domicilio por alguna razón, y ahora se alegraba de haberlo hecho.

Los visitantes se fueron al mediodía. Se alejaron por el sendero con sus Buicks y sus Fords, tomaron el camino pavimentado del distrito y enfilaron hacia Winterset, con los limpiaparabrisas en funcionamiento. Eran buenos amigos, aunque nunca comprenderían lo que había dentro de Francesca. Ni lo comprenderían aunque ella se los dijese.

Su marido le había dicho que encontraría buenos amigos cuando la llevó allí desde Nápoles después de la guerra. Le dijo: “La gente de Iowa tiene sus defectos, pero no el de que no les importen los demás”. Y era cierto, es cierto.

Cuando se conocieron ella tenía veinticinco años. Había egresado de la universidad tres años antes, después enseñó en un colegio privado para niñas, sin saber muy bien qué hacer con su vida. La mayoría de los italianos jóvenes estaban muertos o heridos, en campos de prisioneros o deshechos por la guerra. Un año atrás había terminado la relación con Niccoló, un profesor de arte de la universidad, que pintaba todo el día y la llevaba a hacer paseos temerarios por los barrios bajos de Nápoles de noche. La incesante desaprobación de los padres tradicionales de Francesca logró la separación.

Ella se adornaba con cintas los cabellos negros y seguía fiel a sus sueños. Pero no había apuestos marinos que desembarcaran en su busca ni voces que llegaran hasta su ventana desde la calle. La dura realidad la obligó a reconocer que no tenía mucho para elegir. Richard le ofrecía una alternativa razonable: su buen trato y la dulce promesa de América

Francesca estudió a Richard con su uniforme de soldado, sentados los dos en un café al sol del Mediterráneo. Vio que él la miraba seriamente, en su estilo del Oeste Medio, y se fue con él a Iowa. Fue a tener sus hijos, a mirar jugar al fútbol a Michael en las frías noches de octubre, a llevar a Carolyn a Des Moines a comprarse vestidos para las fiestas de graduación. Se escribía con su hermana de Nápoles varias veces por año y fue allá dos veces, al morir sus padres. Pero ahora Madison County era su tierra, y no deseaba volver a Italia.

La lluvia cesó a media tarde y recomenzó al caer la noche. Al oscurecer, Francesca se sirvió una copita de brandy y abrió el escritorio de Richard con tapa corrediza, el mueble de nogal que había pasado por tres generaciones de la familia de Él. Sacó un sobre de papel Manila y lo acarició lentamente, como hacía cada año ese día.

El matasellos del correo decía “Seattle, WA, Sept 12/65”. Siempre lo miraba primero. Era parte del ritual. Luego el nombre y domicilio escritos sin abreviaturas: “Francesca Johnson, RR 2, Winterset, Iowa”. Luego el remitente, descuidadamente garabateado en el ángulo superior izquierdo: “c.c. 642, Bellingham, Washington”. Se sentó en un sillón junto a la ventana, miró las direcciones y se concentró, porque en ellas estaba el movimiento de las manos de él, y deseaba recuperar el contacto de esas manos como había sido veintidós años antes.

Cuando llegó a sentir que sus manos la tocaban abrió el sobre, sacó cuidadosamente tres cartas, un breve manuscrito, dos fotografías y un número completo de la National Geographic, junto con recortes de otros números de la revista. Allí, a la luz grisácea que quedaba, bebió el brandy a sorbitos, mirando por encima del marco de los anteojos la nota manuscrita abrochada a las páginas a máquina del original. La carta estaba escrita en las páginas con membrete de él, que decían simplemente: “Robert Kincaid, Autor-Fotógrafo” en la parte superior, en letras discretas

10 de septiembre de 1965

Querida Francesca:

Te envío dos fotografías. Una es la que te tomé en el campo a mediodía. Espero que te guste tanto como a mí. La otra es de Roseman Bridge antes que yo retirara la nota que tú habías clavado allí con una tachuela.

Estoy sentado aquí, recorriendo las zonas grises de mi mente en busca de cada detalle, cada momento que pasamos juntos. Me pregunto una y otra vez, “¿Qué pasó en Madison County, Iowa?”, y trato de armarlo todo. Por eso escribí el breve texto “Al caer de la dimensión Z” que te envío, en un intento de aclarar mi confusión.

Miro a través de un lente, y estás tú en el otro extremo. Empiezo a escribir un artículo, y estoy escribiendo sobre ti. Ni siquiera sé muy bien cómo volví aquí desde Iowa. De alguna manera el viejo camión me trajo a casa, pero apenas recuerdo los kilómetros que recorría. Hace unas semanas me sentía equilibrado, razonablemente satisfecho. Tal vez no profundamente feliz, tal vez un poco solo, pero al menos contento. Ahora todo ha cambiado.

Ahora sé que estuve yendo hacia ti, y tú hacia mí desde hace largo tiempo. Aunque ninguno de los dos percibía al otro antes que nos conociéramos, había una especie de certeza inconsciente que cantaba alegremente bajo nuestra ignorancia, asegurando que nos reuniríamos. Como dos pájaros solitarios que vuelan por las grandes praderas por designio de Dios, en todos estos años y estas vidas hemos estado yendo el uno hacia el otro.

El camino es un lugar extraño. Por él andaba yo arrastrando los pies y allí estabas tú, caminando por el pasto hacia mi camión un día de agosto. Viéndolo retrospectivamente parece inevitable (no pudo haber sido de ninguna otra manera), un caso de lo que yo llamo la alta probabilidad de lo improbable. De manera que aquí estoy, andando por ahí con otra persona dentro de mí. Aunque creo que lo expresé mejor el día que nos separamos, cuando dije que hay una tercera persona que hemos creado de nosotros dos. Y ahora me acecha ese otro ser.

De alguna manera tenemos que volver a vernos. En cualquier lugar, en cualquier momento. Puedo ocuparme de los pasajes de avión, si eso es un problema. Me voy al sudeste de la India la semana que viene, pero estaré de vuelta a fines de octubre.

Te  amo.

Robert.

PS: El proyecto de fotografía en Madison County salió muy bien. Búscalo en NG el año que viene. O dime si quieres que te mande un ejemplar del número cuando se publique.

 

En la fotografìa, la actriz Meryl Streep, en su papel de “Francesca”, en la pelìcula homònima.

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3 thoughts on “Los Puentes de Madison County (Fragmento)

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