Explosiva fue la relación amor/odio entre Diego Rivera y Pablo Picasso. Se daban los primeros años del siglo y el muralista mexicano, quien todavía no hallaba su pasión por el mural, viajaba al viejo continente para empaparse de la escuela artística que ofrecía París. Esta nación le significó un breve, pero importante periodo en la corriente del cubismo, y el encuentro con uno de sus dioses artistas: Picasso. Imagina lo que debió ser vivir en aquella época y ver a estos grandes codearse en tertulias bohemias y galerías es una pintura en sí. Sobre todo si se trata de aquella vida parisina a la que muchos se debían sumar si es que de verdad querían hacerse de un lugar en el arte.

A este periodo le corresponden las obras “La niña de los abanicos” y “Mujer con alcachofas” de Diego Rivera.

diego rivera

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Todo iba bien. La relación y el cobijo que se había dado entre ambos colosos era una simbiosis envidiable en el mundo del arte, el mercado le abrió las puertas al nuevo discípulo del malagueño que de un día al otro comenzó a recibir mecenas y corredores a su domicilio, que se vio entonces invitado a brillantes y extravagantes fiestas del medio; y Rivera era el aprendiz que le defendía, adoraba a su maestro, con toda la energía.

Fue hasta que la actitud desconcertante de Picasso, al entrar y salir libremente del estudio de Rivera sin siquiera pronunciar una palabra, al inspeccionar detenidamente y sin escrúpulos las telas del mexicano, advirtieron un poco las sospechas confirmadas que vendrían después. Diego enfureció, estalló en ira y probablemente un poco de decepción, al ver las semejanzas casi idénticas, robos a toda luz, entre un boceto de “Hombre acodado en una mesa” (Picasso) y su “Paisaje zapatista”.

diego rivera
“Paisaje zapatista”, Diego Rivera

picasso
“Hombre apoyado en una mesa”, Pablo Picasso

En una entrevista que concedió su hija hace algún tiempo, se relata cómo Rivera decía que el español era un genio indudable, pero un hombre carente de originalidad y del que todos sus amigos artistas tenían que esconder sus obras cuando les visitaba para evitar un plagio. Era respetado y reconocido, eso sin duda, pero los constantes parecidos de su obra con la de otros cercanos ya llegaba demasiado lejos.

Después de que Diego lo acusara por copiar este cuadro, la relación murió definitivamente, y éste decía que Picasso copiaba a todos los artistas. Cuántos lienzos de Pablo eran auténticos; cuántos un plagio, alegaba Rivera. Tal vez esto no lo podamos averiguar nunca, tampoco se trata de demeritar la producción del cubista más famoso, o de ensalzar el espíritu mexicano con una defensa a Diego Rivera. Sólo estamos en un peldaño de la historia del que más nos vale estar conscientes al momento de observar el contexto en que dos gigantes se hicieron crecer aún más.

Para conocer sus opiniones al respecto y demás escenarios de su vida, se puede consultar “Memoria y razón de Diego Rivera”, obra autobiográfica que el muralista mexicano dictó a Loló de la Torriente.

Borovieff

Tomado de: http://culturacolectiva.com

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