Autora: Marguerite Yourcenar

Tomado de: “Fuegos”

9788466322508

Habían apagado todas las lámparas. Las sirvientas, en la sala de abajo, tejían a
ciegas los hilos de una inesperada trama, que se convertía en la de las Parcas; un inútil
bordado colgaba de las manos de Aquiles. El vestido negro de Misandra ya no se distinguia
del vestido rojo de Deidamía; el vestido blanco de Aquiles parecía verde bajo la luna. Desde
la llegada de aquella joven extranjera en que todas las mujeres presentían un dios, el temor
se había introducido en la Isla como una sombra acostada a los pies de la belleza. El día ya
no era día, sino la máscara rubia de las tinieblas. Los senos de mujer se hacían coraza en
un pecho de soldado. En cuanto Tetis vio formarse en los ojos de Júpiter la película de los
combates en que sucumbiría Aquiles, buscó por todos los mares del mundo una isla, una
roca, un lecho estanco para flotar sobre el porvenir. Aquella diosa inquieta rompió los cables
submarinos que transmitían a la Isla el fragor de las batallas, reventó el ojo del faro que
guiaba a los navíos, echó a fuerza de tempestades a los pájaros migratorios que podían
llevarle a su hijo mensajes de sus hermanos de armas. Como las campesinas que visten de
mujer a sus hijos enfermos para despistar a la Fiebre, ella lo había vestido con sus túnicas
de diosa para engañar a la Muerte. Aquel hijo infectado de mortalidad le recordaba la única
culpa de su juventud divina: se había acostado con un hombre sin tomar la banal precaución
de convertirlo en dios. En el hijo se encontraban los toscos rasgos del padre, revestidos de
una belleza que sólo de ella procedía y que algún día le harían más penosa la obligación de
morir. Envuelto en sedas, en mil velos de gasa, enredado en collares de oro, Aquiles se había introducido, por orden suya, en la torre de las doncellas; acababa de salir del colegio
de los Centauros: cansado de bosques, soñaba con cabelleras; harto de gargantas salvajes,
soñaba con senos de mujer. El refugio femenino donde lo encerraba su madre se
transformó, para aquel emboscado, en una sublime aventura; era preciso entrar, con la
protección de un corsé o de un vestido, en ese amplio continente inexplorado de la Mujer en
donde el hombre no ha penetrado hasta ahora sino como un vencedor, y a la luz de los
incendios de amor. Tránsfuga del campo de los machos, Aquiles venía a intentar aquí la
suerte única de ser algo diferente a sí mismo. Para los esclavos, él pertenecía a la raza
asexuada de los amos; el padre de Deidamía llevaba la aberración hasta amar en él a la
virgen que no era; tan sólo las dos primas se negaban a creer en aquella muchacha
demasiado parecida a la imagen ideal que un hombre se hace de las mujeres. Aquel joven
ignorante de las realidades del amor empezaba, en el lecho de Deidamía, su aprendizaje de
luchas, estertores y subterfugios; su desvanecimiento sobre aquella tierna víctima servía de
sustituto a un goce más terrible, que él no sabía dónde tomar, cuyo nombre ignoraba y que
no era otro sino la Muerte. El amor de Deidamía, los celos de Misandra rehacían de él el
duro contrario de una mujer. Ondeaban las pasiones en la torre como chales de seda
atormentados por la brisa. Aquiles y Deidamía se aborrecían como los que se aman;
Misandra y Aquiles se amaban como los que se aborrecen. Aquella enemiga de fuertes
músculos se convertía para Aquiles en lo equivalente a un hermano, aquel rival delicioso enternecía a Misandra como si fuera una especie de hermana. Cada ola que por la Isla
pasaba traía consigo unos mensajes: los cadáveres griegos, impulsados a alta mar por
inauditos vientos, eran otros tantos residuos del ejército naufragado por no tener ayuda de
Aquiles. Buscábanlos los proyectores bajo un disfraz de astro. La gloria, la guerra,
vagamente entrevistas entre las nieblas del porvenir, le parecían queridas exigentes cuya
posesión le obligaría a cometer innumerables crímenes: en el fondo de aquella prisión de
mujeres creía poder escapar a los ruegos de sus futuras víctimas. Una barca embarazada
de reyes hizo un alto al pie del apagado faro, que no era sino un escollo más: Ulises,
Patroclo y Tersites, advertidos por una carta anónima, habían anunciado su visita a las
princesas. Misandra, de súbito complaciente, ayudaba a Deidamía a colocar unas horquillas
en el pelo de Aquiles. Sus anchas manos temblaban, como si acabara de dejar caer un
secreto. Las puertas abiertas de par en par dejaron entrar a la noche, a los reyes, al viento,
al cielo cuajado de signos. Tersites respiraba agitadamente, cansado de subir la escalera de
los mil escalones y se frotaba con las manos sus angulosas rodillas de inválido: parecía un
rey que, por cicatería, se hubiera convertido en su propio bufón. Patroclo, vacilante ante el
hurón escondido entre aquellas Damas, tendía al azar sus manos enguantadas de hierro. La
cabeza de Ulises recordaba una moneda usada, roída y herrumbrosa, en la que aún se
distinguían las facciones del rey de Itaca. Con la mano a modo de visera, como un marino
en la punta de un mástil, examinaba a las princesas adosadas a la pared como una triple
estatua de mujer. Los cabellos cortos de Misandra, sus grandes manos que sacudían con
fuerza las de los jefes, su desenfado, hicieron que, en un principio, él la tomara por
escondite de un varón. Los marineros de la escolta desclavaban unos cajones y
desembalaban -mezcladas con los espejos, las joyas y los neceseres de esmalte- las armas
de Aquiles, que él sin duda se apresuraría a esgrimir. Pero los cascos que manejaban las
seis manos pintadas recordaban los que utilizan los peluqueros; los cintos reblandecidos se
convertían en cinturones femeninos ; entre los brazos de Deidamía, un escudo redondo
parecía una cuna. Como si el disfraz fuera un maleficio del que nada escapaba en la Isla, el
oro se convertía en plata sobredorada, los marinos en máscaras y los reyes en buhoneros.
Tan sólo Patroclo resistía al sortilegio, lo rompía como una hoja desnuda. Un grito de
admiración de Deidamía lo señaló a la atención de Aquiles, que saltó hacia aquel acero vivo,
tomó entre sus manos la dura cabeza cincelada como el pomo de una espada, sin
percatarse de que sus velos, sus pulseras y sus sortijas hacían de su ademán un arrebato
de enamorada. La lealtad, la amistad, el heroísmo, dejaban de ser palabras de hipócritas
que disfrazan sus almas: la lealtad residía en aquellos ojos que permanecían límpidos ante
el amasijo de mentiras; la amistad podría albergarse en los corazones de ambos; la gloria
sería su porvenir. Patroclo, ruborizándose, rechazó aquel abrazo de mujer. Aquiles
retrocedió, dejó caer los brazos, vertió unas lágrimas que no hacían sino perfeccionar su
disfraz de doncella, pero que proporcionaron a Deidamía nuevas razones para preferir a
Patroclo. Miradas, sonrisas interceptadas como si fueran una correspondencia amorosa, la
turbación del joven abanderado, medio ahogado por aquella marea de encajes, convirtieron
el desconcierto de Aquiles en un furioso ataque de celos. EI muchacho vestido de bronce eclipsaba las imágenes nocturnas que de Deidamía conservaba Aquiles, y el uniforme
superaba, a sus ojos de mujer, el pálido destello de un cuerpo desnudo. Aquiles cogió
torpemente una espada, que soltó inmediatamente, y utilizó sus manos para apretar el
cuello de Deidamía, sus manos envidiosas del éxito de una compañera. Los ojos de la mujer
estrangulada saltaron como dos largas lágrimas; intervinieron los esclavos; las puertas, al
cerrarse con un ruido de millares de suspiros, ahogaron los últimos estertores de Deidamía:
los reyes, desconcertados, se hallaron al otro lado del umbral. La habitación de las Damas
se llenó de una oscuridad sofocante, interna, que nada tenía que ver con la noche. Aquiles,
arrodillado, escuchaba cómo la vida de Deidamía se escapaba de su garganta lo mismo que
el agua del cuello demasiado estrecho de una jarra. Se sentia más separado que nunca de
aquella mujer que él había tratado, no sólo de poseer, sino de ser: cada vez menos cercana,
a medida que él iba apretando su cuello, el enigma de ser una muerta venía a añadirse en
ella al misterio de ser una mujer. Palpaba con horror sus senos, sus caderas, sus cabellos
desnudos. Se levantó, tanteando las paredes en donde ya no se abría ninguna salida,
avergonzado de no haber reconocido en los reyes los secretos emisarios de su propio valor,
seguro de haber dejado escapar su única probabilidad de ser un dios. Los astros, la venganza de Misandra, la indignación del padre de Deidamía, se unirían para mantenerlo
encerrado en aquel palacio sin fachada a la gloria: sus mil pasos en torno al cadáver
compondrían en lo sucesivo la inmovilidad de Aquiles. Unas manos casi tan frías como las
de Deidamía se posaron en su hombro: se quedó estupefacto al oír a Misandra proponerle
la huida antes de que estallara sobre él la cólera del padre todopoderoso. Confió su muñeca
a la mano de aquella fatal amiga y siguió los pasos de aquella muchacha, que tan bien se
desenvolvía en las tinieblas, sin saber si Misandra obedecía a un rencor o a una gratitud
sombría, si llevaba por guía a una mujer que se vengaba o a una mujer a quien él había
vengado. Las puertas cedían y luego volvían a cerrarse: las desgastadas baldosas se
hundían suavemente bajo sus pies como el blando hueco de una ola; Aquiles y Misandra
continuaban su descenso en espiral, cada vez más deprisa, como si su vértigo fuera un
peso. Misandra contaba los escalones, desgranaba en voz alta una suerte de rosario de
piedra. Por fin encontraron una puerta que daba al acantilado, a los diques, a las escaleras
del faro: el aire salado como la sangre y las lágrimas brotó y salpicó el rostro de la extraña
pareja aturdida por aquella marea de frescor. Con una risa dura, Misandra detuvo a la
hermosa criatura, ya preparada para saltar, y le tendió un espejo en donde el alba le
permitía ver su rostro, como si ella no hubiera consentido en llevarlo hasta la luz del día sino
para infligirle, en un reflejo más espantoso que el vacío, la prueba pálida y maquillada de su
no-existencia de dios. Pero su palidez de mármol, sus cabellos que ondeaban al viento
como el penacho de un casco, su maquillaje mezclado con el llanto que se le pegaba a las
mejillas como la sangre de un herido, mostraban, al contrario, dentro del estrecho marco,
todos los futuros aspectos de Aquiles, como si aquel delgado espejo hubiera encarcelado al
porvenir. La hermosa criatura solar se arrancó el cinturón, se deshizo del chal y quiso
liberarse de sus asfixiantes gasas, pero temió exponerse más al fuego de los centinelas si
cometía la imprudencia de mostrarse desnudo. Durante un instante, la más dura de aquellas
dos mujeres divinas se inclinó sobre el mundo, dudando si tomar sobre sus propios hombros
la carga del destino de Aquiles, de Troya en llamas y de Patroclo vengado, ya que ni el más
perspicaz de los dioses o de los carniceros hubiera podido distinguir aquel corazón de
hombre de su propio corazón. Prisionera de sus senos, Misandra empujó las dos hojas de la
puerta, que gimieron en su nombre, e impulsó con el codo a Aquiles hacia todo lo que ella
no podría ser. La puerta volvió a cerrarse tras la enterrada viva: libre como un águila,
Aquiles corrió a lo largo de la barandilla, bajó precipitadamente las escaleras, descendió
veloz por las murallas, saltó precipicios, rodó como una granada, se disparó como una flecha, voló como una Victoria. Las rocas le rasgaban los vestidos sin morder su carne
invulnerable: la ágil criatura se detuvo, desató su sandalias y ofreció a las plantas de sus
pies descalzos una probabilidad de ser heridas. La escuadra levaba anclas: se oían voces
de sirenas que cruzaban el mar; la arena, agitada por el viento, apenas grababa los pies
ligeros de Aquiles. Una cadena tensada por la resaca amarraba la barca al malecón y sus
máquinas se estremecían para una próxima marcha: Aquiles se subió al cable de las Parcas
con los brazos abiertos, sostenido por las alas de sus chales flotantes, protegido como por
blanca nube por las gaviotas de su madre marina. De un salto, aquella muchacha
despeinada en quien nacía un dios subió a la popa del navío. Los marineros se arrodillaron,
prorrumpieron en exclamaciones, saludaron con maravillados exabruptos la llegada de la
Victoria. Patroclo abrió los brazos, creyó reconocer a Deidamía; Ulises movió la cabeza;
Tersites se echó a reír. Nadie
sospechaba que aquella diosa no era una mujer.

 

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