Autor: Honoré de Balzac

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“Y, cosa increíble, él era bendecido como bendecían en otro tiempo a Popinot.
Se le maldecía el domingo por la mañana al arreglar las cuentas; se le maldecía en todo París, el sábado, cuando se trabajaba a fin de devolver la suma prestada y el interés. Pero él era la providencia, Dios, del martes al viernes de cada semana.
La pieza que le servía de gabinete fue, en otro tiempo, la cocina del primer piso. El techo, blanco de cal, estaba sucio de humo. Los muros, a lo largo de los cuales había colocado bancos, y el piso de asperón, guardaban la humedad. La chimenea había sido reemplazada por una estufa de hierro. Junto a la campana de la antigua chimenea se extendía una especie de tarima de medio pie de alto y una toesa cuadrada de extensión, donde había una mesa de última calidad y un sillón de madera y cuero verde.
En el fondo de esta pieza, en un ángulo, se veía una escalera, procedente de algún almacén demolido y que Cadenet comprara en la calle Chapon. Ajustada en el piso del entresuelo, suprimía toda comunicación con el primer piso. La puerta del entresuelo que daba a la escalera fue tapiada por exigencia de Cerizet. Así su domicilio era una fortaleza. Arriba, el cuarto de este hombre tenía por todo mobiliario una alfombra comprada por veinte francos, una cama de pensionista, una cómoda, dos sillas, un sillón y una caja de hierro que servía de escritorio, construida por un excelente cerrajero y comprada de ocasión. Cerizet se afeitaba frente al espejo de la chimenea; poseía dos pares de sábanas de indiana y seis camisas de percal. Una o dos veces Cadenet vio a Cerizet vestido elegantemente; él escondía, pues, en la última gaveta de la cómoda, un disfraz completo con el que podía alternar en sociedad y no ser reconocido.
Lo que más agradaba de este hombre a sus compinches era su jovialidad, sus chistes. Hablaba su lenguaje. Cadenet, sus dos mozos y Cerizet, viviendo en el seno de las más horribles miserias, conservaban la indiferencia del sepulturero con los dolientes o de los viejos sargentos de la guardia en medio de los muertos. Ya no se enternecían al escuchar los gritos del hambre, de la desesperación, como no se enternecen los cirujanos oyendo a sus pacientes en los hospitales, y decían como los soldados o los enfermeros: «Tened paciencia; ¡un poco de valor! ¿De qué sirve desolarse?… A todo se acostumbra uno; un poco de razón», etcétera.
Como Cerizet tenía la precaución de esconder el dinero necesario para su operación de la mañana en un doble fondo de su sillón y no tener en el bolsillo más que cien francos para la operación del momento, no tenía nada que temer de las diferentes desesperaciones, venidas de todas partes a estas citas de dinero.
Ciertamente, existen muchas maneras de ser probo o virtuoso, y la Monografía de la virtud no tiene otra base que este axioma social. El hombre falta a su conciencia, falta a su delicadeza —flor del honor que, perdida, no acarrea aún la desconsideración general—, falta, en fin, al honor y aún no va a la Policía correccional; ladrón, aún no llega a la Audiencia; y por fin, después de la Audiencia, puede ser honrado en la cárcel, si lleva esa especie de probidad de los delincuentes, que consiste en no denunciarse, compartir lealmente, correr los mismos peligros. Pues bien: esta última probidad, cuya práctica brinda todavía ocasiones de grandeza y de retomo al bien, reinaba absolutamente entre Cerizet y sus gentes. Nunca Cerizet cometía errores, ni sus pobres tampoco: nunca se negaban recíprocamente capital ni intereses. Varias veces, Cerizet, salido del pueblo, había rectificado una semana después un error involuntario en beneficio de una pobre familia que no se había dado cuenta. Así pasaba por un perro, pero un perro honrado; su palabra, en medio de esta ciudad doliente, era sagrada.”

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