Autor: José Saramago

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” A la casa de mis abuelos, como ya he contado, la llamaban Casalinho, y el nombre del lugar donde se levantaba era Divisiones, tal vez porque el olivar ralo y esparcido que había enfrente (campo de fútbol después y en los últimos tiempos jardín) perteneciese a diferentes dueños: como si en vez de árboles se tratase de ganado, los olivos estaban marcados en el tronco con las iniciales de los nombres de sus respectivos propietarios. La construcción era de lo más tosco que entonces se hacía, térrea, de un piso único, pero levantada del suelo cerca de un metro como precaución ante las crecidas del río, sin ninguna ventana en la fachada ciega, nada más que una puerta de la que se abría el tradicional postigo. Tenía dos compartimentos espaciosos, la habitación de fuera, así llamada por dar a la calle, donde había dos camas y unas cuantas arcas, tres si la memoria no me falla, y a continuación la cocina, una y otra de teja vana por arriba y suelo de tierra por abajo. De noche, cuando estaba apagado el quinqué de petróleo, siempre se podía distinguir por las grietas del tejado el cintilar de una estrella errante. A intervalos irregulares, tal vez cada dos meses o tres, mi abuela cubría de barro, lo que se llamaba embarrar, la habitación de fuera. Para eso disolvía la cantidad de barro apropiada en un cubo de agua y después, de rodillas, utilizando un paño que iba empapando en la mezcla, y moviéndose desde delante hacia atrás, hacía con el paño, a un lado y a otro, grandes movimientos de brazos que iban cubriendo todo el suelo con una nueva capa. Mientras el barro no estuviera completamente seco, todos teníamos prohibido pisar. Todavía tengo en la nariz el olor de aquel barro mojado y en los ojos el color rojo del suelo que se iría apagando poco a poco, a medida que el agua se fuera evaporando. Que yo recuerde, la cocina nunca fue embarrada, barrida sí, en todo caso sin exageraciones. Pero embarrada, jamás. Aparte de las camas y de las arcas, había en la habitación de fuera una mesa de madera natural, es decir, sin pintar, de patas altas, sobre la cual había un espejo viejo, esmerilado y con fallos en la película de mercurio, un reloj de capilla y otras bagatelas sin valor alguno. (Mucho más tarde, ya pasados con creces mis cuarenta años, me compré en un anticuario de Lisboa un reloj semejante que todavía hoy conservo, como algo que le hubiera pedido prestado a la infancia). El espejo formaba parte de un pequeño y tosco tocador, también sin pintura, con un cajón central y dos cajoncillos a los lados, llenos de cosas menudas que no servían para nada, y que iban pasando de un año a otro sin cambios visibles de contenido.

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