Autor: Albert Camus

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El calor había llegado prematuramente, la gente se asaba en los barracones. Y en cuanto a la higiene… En fin, que se morían unos diez por día.
Sus colegas, militares, eran impotentes. Curiosos colegas, además. Habían agotado todos los remedios. Entonces tuvieron una idea. Había que bailar para calentarse la sangre. Y todas las noches, después del trabajo, los colonos bailaban entre dos entierros, al son del violín. No estuvo tan mal pensado, en efecto. Con el calor las pobres gentes transpiraban a chorros y la epidemia se detuvo. «Fue una idea que merece reflexión.» Sí, había sido una buena idea. En la noche caliente y húmeda, entre los barracones donde dormían los enfermos, el rascatripas sentado en un cajón, con una linterna al lado, alrededor de la cual zumbaban los mosquitos y los insectos, los conquistadores, ellas de vestido largo y ellos con traje de paño, bailaban, traspiraban gravemente en torno a un gran fuego de malezas, mientras en los cuatro rincones del campamento la guardia velaba por los sitiados para defenderlos de los leones de negras crines, los ladrones de ganado, las bandas árabes y a veces también las razzias de otras colonias francesas necesitadas de distracción o de provisiones. Por fin, más tarde, les dieron tierras, unas parcelas dispersas lejos de la aldea de barracas. Después, se construyeron murallas de adobe alrededor de la aldea. Pero dos tercios de los emigrantes habían muerto, allí como en toda Argelia, sin haber tocado el pico y el arado. En los campos los otros seguían siendo parisienses que trabajaban con chistera, el fusil al hombro, la pipa entre los dientes, y sólo la pipa con tapadera estaba autorizada, jamás los cigarrillos, debido a los incendios, la quinina en el bolsillo, quinina que se vendía en los cafés de Bône y en la cantina de Mondovi como un producto de consumo corriente, ¡a su salud!, acompañados de sus mujeres vestidas de seda. Pero siempre el fusil y los soldados alrededor, y aun para lavar la ropa en el Seybouse necesitaban una escolta aquellas que antes, en el lavadero de la Rue des Archives, trabajaban como en un salón apacible, y la aldea misma era frecuentemente atacada de noche, como en el 51, durante una de las insurrecciones en que cientos de jinetes con albornoz, caracoleando alrededor de las murallas, terminaron por escapar al ver los tubos de chimenea que blandían los sitiados simulando cañones, edificando y trabajando en un país enemigo que rechazaba la ocupación y se vengaba en todo lo que encontraba, ¿y por qué pensaba Jacques en su madre ahora, mientras el avión subía y bajaba? Al evocar el carro empantanado en el camino de Bône, donde los colonos habían dejado una mujer embarazada para ir en busca de ayuda y a la vuelta la encontraron con el vientre abierto y los senos cortados.

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