Autor: Horacio Quiroga

cuentos-de-horror-pba

 

Cuando el matrimonio surge en el porvenir de un sujeto sin posición,
este sujeto realiza proezas de energía económica. Triunfa casi siempre,
porque el acicate es su amor, vale decir horizonte de responsabilidad
o en total respeto de sí mismo. Pero si el estimulante es el amor de ella,
las cosas suelen concluir distintamente.

Ramos era pobre y además tenía novia. Ganaba ciento treinta pesos
asentando pólizas en una compañía de seguros, y bien veía que,
aun con mayor sueldo, poco podría ofrecer a los padres, supuesto que
es costumbre regalar a la que elegimos compañera de vida una fortuna
ya hecha, como si fuera una persona extraña. El mutuo amor, sin embargo,
pudo más, y se comprometió, lo que equivalía a perder de golpe su pereza
de soltero en lo que respecta a mayor o menor posición.

Luego, Ramos era un muchacho humilde que carecía de fe en sí mismo.
Jamás en su monótona vida hubiera sido capaz de un impulso adelante,
si el amor no llega a despertar la gran inquietud de su pobreza.
Averiguó, propuso, hasta insinuó, lo que era formidable en él.
Obtuvo al fin un empleo en cierto ingenio de Salta. Como allá la
subdivisión de trabajo no es rígida, por poco avisado que sea el
desempeñante, llega fácilmente a hacerlo todo. Ramos tenía exceso
de capacidad, y acababa de adquirir energía en la mirada de su Julieta.

La noche en que habló con ella del proyecto, Julieta lloró mucho,
a ratos inerte y pensativa, y a ratos abrazada a él. ¡Salta! ¡Era tan lejos eso!
¿No podía quedarse aquí? ¿No podían vivir con ciento treinta pesos?...
Ramos conservaba un poco más de razón y negaba melancólicamente
lo último. A más, no se quedaría siempre allá. El creía que en dos años
podría ahorrar mucho, mucho, y las relaciones comerciales...
Luego se casarían. Y como la diminuta frase: "cuando nos casemos"
sugiere a las novias estados muy distintos de la tristeza, Julieta recobraba
esperanzas, valor y fe en el porvenir. Con lo cual el muchacho marchó
a Salta.

Ramos halló el ingenio en un mal momento. Las libretas de los peones
estaban en un desorden tal, que fuéronle menester veinticinco días para
asentar medianamente aquéllas. Tan bien trabajó y tanta paciencia tuvo
con los peones -preciso es haber tratado de desenredar la dialéctica
económica de doscientos indios- que el gerente vio en seguida a su hombre.
No se lo dio a conocer, sin embargo, cual es prudente en un patrón.

Entretanto, llegaban cartas de Buenos Aires. "No me conformo con el
destino." "Sufro mucho más que tú." "Yo, en tu caso, volaría a ver a tu
Julieta." "¿No puedes venir, aunque sea por dos días?"

Ramos contestaba que por eso mismo, por quererla mucho, debía quedarse
allá. Y en efecto, tal corno estaban los asuntos de reorganización, no podía
soñar siquiera con ello.

Hasta que una noche recibió un telegrama de Julieta: estaba grave. Tras la
profunda sacudida de su amor centuplicado, Ramos pensó con angustia en
su trabajo a medio hacer. Fue sin embargo a hablar al gerente, quien con
voz seca le hizo notar la inconveniencia de esa medida. Ramos insistió:
su novia se moría.

Apenas llegado a Buenos Aires, voló a casa de ella; pero Julieta saltó
corriendo a su encuentro.

-¡Viniste, por fin! -se reía-. ¿A que si no te hacía el telegrama, no venías?

Pero Ramos la había querido demasiado, en esos tres meses de dura vida,
para no sentir hasta el fondo del alma el hielo de su supremo aislamiento.

-No debías haberme escrito eso -dijo al fin.
-¡Pero si quería verte!
-Sí, y cuando vuelva me echan.
-¡Y qué importa! -lo abrazó.

La noche no fue serena; y cuando Ramos dijo a su novia que partiría al
otro día, Julieta tornóse huraña y displicente.

-Sí, ya sé; te vas porque no me quieres.
-¡No es eso, no! ¿Quieres que me muera de hambre aquí? -¡No sé, no sé
nada! Pero te vas porque no me quieres.

El muchacho volvió a Salta, envejecido de desánimo. En la ciudad, donde
se detuvo cuatro días, llególe carta de Julieta. La novia rompía con él,
comprendiendo que eso sería para felicidad de los dos. Ramos comprendió
también que la influencia de la madre, irreductible y vencedora al fin,
pesaba en esa determinación. Quedábale su trabajo. El, que había luchado
años por comer, sabía bien que esta preocupación vital absorbe al fin.
Podría ser rico, y acaso hubiera dicha luego. Mas al gerente no le agradaban
novios como empleados, y le comunicó que prefería esperar otro tenedor de
libros menos expuesto a trastornos de amor.

No le quedaba nada. Volvería a pasar meses de hambre, emplearíase al
cabo en una u otra compañía con cien pesos, hasta el fin de su vida. Amor,
felicidad -confianza en sí mismo, sobre todo-, se habían ido para siempre.

Un domingo de tarde en que Ramos iba a Liniers subió a su coche una
señora con dos criaturas. El tren salía ya, y aquélla se dejó caer, agitada aún,
frente a Ramos. Este, que miraba afuera, volvió la vista y se reconocieron.
Tras una fugaz ojeada al vestido de ella, Ramos la saludó cortado. Pero su
compañera le sonrió con grata sorpresa, también después de una mirada,
mucho más rápida que la de él, a la ropa de Ramos. Estaba muy gruesa y
la cara lucíale de harta felicidad. Hablaron cordialmente.

-¿Viaja a menudo por aquí? -preguntóle ella.
-No; hoy por casualidad...
-¡Qué suerte! Yo estoy aburrida. Pasamos los veranos en Haedo...
Tenemos una quinta.

Ella hablaba mucho más que él.

-¿Y usted, se casó? -inquirió luego con sincero interés.
-No...
-Yo me casé un año después... -Sonrióse y calló por discreción. Pero la risa
retornó, esta vez francamente, pues hacía seis años que era casada y tenía
dos hijos.

¿Se acuerda del telegrama que le hice? Cuando recuerdo... ¡Chicha,
súbete las medias! -inclinóse feliz a la criatura que trepaba al asiento y
bajaba de él sin cesar. Ramos miró de soslayo; las chicas estaban muy bien
vestidas, corno saben vestir a sus hijos las mujeres que cuentan, desde que
se casan, con la posición del marido.

Llegaban a Liniers, y Ramos se despidió, soportando, como lo preveía, otra
rápida ojeada a su ropa.

-Mucho gusto, Ramos... Y que cuando lo vea de nuevo esté casado, ¿eh?
-se rió.
-No hay duda -pensó él melancólicamente, mientras recordaba las finas
medias de las criaturas-; yo no sirvo  para nada.

Lo cual había sido visto muchísimo antes por la madre.
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