Autor: Kenzaburo Oe

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Pronto, Kogito y Shinshin cambiaron la posición de sus asientos: mientras el discípulo permanecía en el mismo sillón, la profesora se sentaba a la mesa del comedor, en una silla que le resultaba más cómoda. Al cabo de la intensa lección de cuarenta y cinco minutos, Shinshin aprovechaba los quince o veinte restantes para hacerle preguntas a Kogito, dando vueltas a su alrededor, al tiempo que éste, acomodado ahora sobre una silla de mimbre, le respondía sin prisa y así lograban sostener un diálogo sereno y sosegado.
Curiosamente, Shinshin jamás se refería en esa libre conversación a los poemas de Eliot que leía con tanta gracia durante las clases. Kogito se extrañaba ante semejante indiferencia, pero Shinshin, como había confesado en la cena, no manifestaba ningún interés en el contenido mismo de la poesía de Eliot. A pesar de que Kogito tenía a su alcance varios libros, paperbacks de tamaño grande, de estudios sobre el poeta —incluyendo uno de Lyndall Gordon, el profesor sudafricano mencionado por Shinshin— al lado del sillón, junto a la ventana baja, la profesora no los tomó ni una sola vez en sus manos.
Por su parte, Kogito tampoco le recomendó que leyera alguno de esos libros. Era comprensible que una muchacha china en extremo ambiciosa, que había salido de un poblado agreste —ubicado a una hora en autopista de Tsingtao, en Shantung, y caracterizado por la alta exportación de verduras a Japón— para establecerse en Estados Unidos, y que a pesar de su inclinación hacia la arquitectura se había interesado por la lengua y la cultura de Japón hasta terminar una maestría con especialización en la economía de ese país y conseguir un trabajo en una compañía japonesa, fuera ajena por completo a los estudios sobre Eliot.
Las primeras lecciones de los poemas de Eliot se realizaron sin interrupción, aunque luego surgía de vez en cuando la necesidad de suspenderlas los días en que Shinshin iba en coche a Tokio en compañía de Vladimir. Ya entrados en confianza, Kogito supo cómo Shinshin llegó a interesarse por Japón: fue con motivo de una película que había visto, apenas iniciados sus estudios en California: Dandelion, dirigida por Goro Hanawa, que obtuvo cierto éxito comercial en Estados Unidos.
Con su franqueza de siempre, Shinshin le contó que había descubierto a Kogito Choko como el escritor que tenía lazos personales con el cineasta Hanawa y que fue Shigeru quien le señaló el vínculo entre ambos artistas.

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